Lo que va del Madrid a la política

El Real Madrid ha presentado este miércoles al entrenador de las próximas tres temporadas, si no le echan antes. Para llegar a lo de hoy, a la emoción de Rafa Benítez y su imagen junto a Florentino Pérez, el club ha desmentido que quisiera echar a Ancelotti, que estuviera pensando en recambios y que hubiera contactado con Benítez para que fuera posible el acuerdo. Todo eso ha hecho el Madrid como hacen todos los equipos de fútbol porque arriesgan en ello sus intereses privados y no tienen la obligación de ir contando lo que discuten o dejan de discutir los representantes. Es el mundo del fútbol. La diferencia es que algunas de esas prácticas se mantengan en la política cuando la política presume de haber superado muchas pantallas en lo de la transparencia.  

En la rueda de prensa de este miércoles, Pedro Sánchez ha pedido a los ciudadanos que entiendan la “discreción” –iba a decir confidencialidad, pero ha corregido a tiempo– de unos encuentros que sirven para “conocerse”. Se vio en privado con Albert Rivera y se verá en privado con Pablo Iglesias porque necesita un “espacio de confianza”. Se ha visto con el presidente del Gobierno, al que ya conoce, sin que sepamos por qué motivo lo han querido ocultar.

El PSOE no ha informado del encuentro con Pablo Iglesias. Ha sido Podemos. El PSOE no ha informado del encuentro con Rajoy. Ha sido el Palacio de la Moncloa. Ferraz sostiene que informará –dará su versión, para entendernos- una vez se hayan producido los encuentros. No antes. Se da la circunstancia de que al propio Sánchez le han preguntado por su entrevista con Rajoy poco antes de que se produjera, cuando ya sabía que se produciría, durante una rueda de prensa en la que ha prometido “luz y taquígrafos” y “absoluta transparencia”. “Pueden contar los españoles con la confianza de que así lo vamos a hacer”.

Acabamos de atravesar una campaña electoral en la que los partidos, y en especial los llamados emergentes, han prometido transparencia por todas partes. “Tenemos las paredes de cristal”, ¿recuerdan? Y el compromiso de Albert Rivera por poner las tan traídas luces y taquígrafos en las reuniones. Entre todos dieron por muerta a la mesa camilla y ahora piden turno para poderse sentar en ella, no vaya a ser que pare la música y se queden sin silla.

Siempre hubo reuniones discretas. Pero nunca asistimos al canto coral que se comprometió a evitarlas. El guindo está ya muy bajo como para caernos de él y sabemos que entre ellos hablan todo el tiempo, que nos enteramos de una milésima parte de lo que se cuentan –cuando nos enteramos–; pero la diferencia no es sólo que se hayan comprometido a contárnoslo, sino que no son reuniones de amigos. No son citas para conocerse y pedirse el teléfono.
Si hablan de transparencia y no cumplen, no podrán extrañarse de que sospechemos cuando nos dicen a una voz que no hablan de pactos, sino de las cosas de la vida. Si hablan de transparencia es porque, en efecto, se reúnen para debatir lo que le interesa a la gente, nada menos que sobre futuros entendimientos tras unas elecciones. Así que no estaría de más que cumplieran lo que prometieron antes de que, desmentido tras desmentido, comida a comida, nos enteremos del nombre del nuevo entrenador del Madrid. 

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Las partículas

14 abril, 2015 Deja un comentario

A Neymar le molestó que Luis Enrique le cambiara y tuvo un mal gesto con su entrenador. Hay formado un buen debate y ayer, en La Vanguardia, Sergi Pàmies escribía: “Nos hemos convertido en especialistas en sacar punta a debates inexistentes o en magnificar partículas microscópicas de la realidad futbolística. En el mercado de la información, y de la opinión deportiva, la chuminada -término que usó Luis Enrique- es un producto que a veces puede multiplicarse hasta crecer monstruosamente”. Estamos acostumbrados ya a que el gesto de un futbolista genere corrientes e incluso escuelas de opinión. 

Lo mismo pasa con cada frase de un político. Ayer fue noticia el comentario de Rajoy sobre la españolidad de Barcelona y la referencia de Artur Mas a los vínculos europeos de Catalunya. Claro que toda declaración es simbólica y por supuesto que tiene importancia. Al cabo, la política es el relato y resulta determinante saber qué quieren decir cuando dicen lo que digan. Pero a veces, arrastrados por el periodismo declarativo que tanto conocen los partidos viejos y al que tan pronto se han adaptado las nuevas fuerzas, puede que llevemos al debate partículas microscópicas de la realidad. Se suma a eso la necesidad de los partidos de opinar de cualquier cosa sin que haya tiempo para digerir la cascada declarativa, de manera que nos pasamos el día oyendo voces. 

La película más vista la noche del domingo la emitió Antena 3, se llamaba ‘Ahora me ves’ y contaba la historia de cuatro magos que sorprenden al mundo. El policía que les persigue se pregunta cómo son posibles todos esos trucos increíbles y alguien que les conoce lo explica con facilidad: “La distracción”. Los magos preparan sus trucos mientras despistan al personal, al que tienen mirando a otra parte. Y ya se sabe que somos capaces de distraernos hasta con la partícula más microscópica. 

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Suárez y la contradicción

26 marzo, 2014 Deja un comentario

En el país al que dejó de interesarle la política, la despedida a un expresidente del Gobierno congregó a miles de ciudadanos en una capilla católica dispuesta en el parlamento de un Estado aconfesional.

La marea de gentes que aguardó su turno con paciencia estoica y desfiló ante el féretro en silencio, a pasitos cortos y reverenciales, piropeó las formas de hacer de Adolfo Suárez, aquellas formas por las que, años atrás, ellos mismos le abandonaron hasta dejar al CDS sin aliento y sin votos. Daba igual, el verso más repetido en el Congreso fue el “a ver si aprenden los que mandan ahora”.

Los políticos, más hechos a darle vueltas al verbo, sobrellevaron el duelo con loas al estadista Suárez, sin observar ya las tachas que le veían antaño y sin siquiera acordarse de cómo fueron los últimos días de la UCD, de donde surgieron las primeras traiciones, las más dolientes. Hay que leer a Cercas para componerse un buen mapa de la soledad que arrumbó a Suárez, considerado al final de su presidencia como “un falangistilla de provincias, un arribista de manual, un chisgarabís ignorante”. ¿Se acuerdan?

¿Qué ha ocurrido para que alabemos ahora lo que en su tiempo despreciamos? ¿Es la muerte, que revive? ¿Se debe a la prolongada ausencia de Suárez? ¿Es que la falta de líderes y proyectos nos aboca a buscar refugio en el pasado? ¿O es que nuestra memoria es también frágil y corta y confunde recuerdos con ilusiones? Puede que la razón sea aún más simple. Puede que vivamos en plena contradicción.

El país que reivindica al presidente que arrinconó es el que reclama que se repitan los consensos de la Transición. Pero recela, sin embargo, en cuanto los dos grandes partidos amagan con alcanzar acuerdos de Estado, porque todo lo que pacten PP y PSOE será visto como intrigantes maniobras para perpetuarse y tapar escándalos mutuos.

Queremos consensos y nos quejamos de los consensos. Queremos debates dentro de los partidos pero castigamos las divisiones de los partidos. Queremos buenos gobiernos pero denostamos el trabajo político y generalizamos sin distinción. Es verdad que ellos parecen empeñarse en poner distancia con sus electores.

Los españoles que exigen una política acorde con sus sacrificios reducen su implicación en la vida pública a pagar impuestos y votar cada cuatro años sin atender mayoritariamente a otras formas de participación.

El país que se exclama, y con razón, de la corrupción política convive con una economía sumergida que mueve, por lo que se ha estimado, una cuarta parte de la riqueza que genera. 

El país que presume de Transición creyó que el proceso constituyente era el final de la obra cuando, en verdad, era sólo el principio; porque aquel pacto, improvisado entre la necesidad de libertades y el miedo a otra guerra, establecía sólo las bases para desarrollar luego un sistema mejor. Aquella generación, y especialmente las que vinimos después, preferimos acomodarnos y, de vez en cuando, protestar.

Habrá una contradicción final. Porque el día en que empiece a obrarse la segunda Transición para regenerar el modelo y devolver la confianza en el edificio que renquea, nos daremos cuenta de que hay otros que ya se han aplicado en esa transición, otros que ya han impuesto su régimen económico y social y que habrán logrado hacerlo, discretamente, sin pactos ni oposición.

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Los negros

14 febrero, 2014 Deja un comentario

Permítanme la franqueza, pero somos ya mayorcitos para andarnos con rodeos: lo que ocurre es que eran negros. No tiene otra explicación. Lo que pasa es que eran negros con sus manos negras y sus piernas negras y sus propósitos negros de llegar a España y como eran negros no nos hubiera podido pasar a nosotros, que por algo decidimos ser blancos y preferimos nacer en la parte rica del mundo. Si no fueran negros asistiríamos a un escándalo político que abriría periódicos y aparecería al menos en las conversaciones de bar, pero, como lo eran, las doce muertes de Ceuta se confunden con otros asuntos de actualidad. Se digieren pronto.

Los que saben de verdad, los más listos, repiten que España no puede acoger a todas las personas que quieren entrar en el país. Claro. Nadie pide tal cosa. Es algo mucho más sencillo. Se trata de auxiliar a un grupo de hombres hambrientos, estafados por mafias y llevados a la extenuación, que corren el riesgo de ahogarse. Tratarlos como si fueran seres humanos o, en última instancia, si nos hubiera abandonado ya toda sensibilidad, de cumplir la ley, pero cumplirla bien, sin maniobras cínicas que imaginan que la frontera de España son cuatro guardias civiles puestos uno junto al otro que van dando pasos hacia atrás.

Les dispararon. Algunos alegan, a manera exculpatoria, que no era munición real, como si fuera de agradecer que no nos hayamos dado a las ejecuciones. Repitamos: les dispararon. Les lanzaron pelotas de goma cuando estaban en el agua, aunque pudieran ahogarse, como si el hombre que bracea para salvar la vida, exhausto, pudiera distinguir el material con el que le están agrediendo. Pongámosle ahora sujeto a la oración: la guardia civil les disparó. Y ahora busquemos el sujeto del sujeto: una autoridad política ordenó a la guardia civil que les disparara. A esta hora, todo el mundo sigue en sus puestos de mando.

Ignoremos por el momento las devoluciones en caliente, que el consejo general de la abogacía española considera una “ilegalidad manifiesta”. Evitemos ahora entrar en la discusión sobre la “inusitada actitud violenta” que el ministro atribuye a quienes intentan entrar en España y que es otro debate. Vayamos a lo que ocurrió frente a la playa ceutí del Tarajal y sumémosle, al fin, un último elemento. La mentira. Nos engañaron sobre el uso de material antidisturbios contra la gente que estaba en el agua y amenazaron incluso con querellas.

Bien. Llegados a este punto hagamos algunas preguntas que superen el elemental ¿cómo pudo pasar?, porque eso se responde pronto. Pasó porque alguien ordenó que pasara. Preguntemos cómo es posible que no ocurra nada, en qué momento perdimos la capacidad de indignación, cuándo dejamos que nos la robaran. ¿De verdad que sólo somos capaces de protestar si un ayuntamiento quiere cambiar una avenida de Burgos? ¿Cómo puede pasar sin más lo que ocurrió en Ceuta?

No esperamos un mayo francés, ni siquiera una democracia más participativa. Tan sólo una señal que haga llegar al Gobierno la sensación de que existe un límite y que la ciudadanía le observa y le exige. Bastaría con una reacción de una sociedad que tiene múltiples canales para hacer llegar su indignación, y que lo demuestra a diario en las redes sociales. ¿Por qué provoca más revuelo en internet la sanción de tres partidos a Cristiano Ronaldo que el hallazgo de otro cadáver en Ceuta? ¿Qué fenómeno lo explica? ¿Tiene que ver con el hecho de que vinieran de África? ¿En qué momento dejamos pervertir nuestras prioridades?

 

Pero las cosas en su sitio. Hablamos de personas sin nacionalidad. No eran franceses, alemanes o rusos, como nos referimos a los ciudadanos que proceden de esos países. Eran inmigrantes; palabra que, por si no estuviera suficientemente connotada, a veces es sustituida por otras como ilegales o indocumentados. Además, eran negros. Y ya se sabe, ellos serían capaces de cualquier cosa, como disparar pelotas de goma al agua en la que se estuviera ahogando un grupo de blancos. 

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Lo pobres que seremos cuando seamos ricos

13 noviembre, 2013 Deja un comentario

La crisis pasará. Llegará el día en que al común de los ciudadanos nos pasará como ya hace tiempo que les pasa a las grandes fortunas, que ganan dinero, que tendremos un empleo, que volveremos a creer que el futuro es un sitio mejor. Volveremos al cogollo del brote verde. Saldremos de la pobreza como quien sale de una enfermedad y olvidaremos los jirones y las heridas porque cuanto más dinero ganamos menos memoria tenemos. Para cuando llegue el momento en que se repongan nuestros bolsillos y lluevan hipotecas sobre nosotros, convendrá advertir la herencia a la que nos enfrentamos si no le sabemos poner remedio.

Seremos más ricos, pero más desiguales. Tras el trabajo de décadas por reducir distancias, habrá más distancia entre los pocos que tienen más y los muchos que tienen menos. Una sociedad desigual es una sociedad injusta y, por tanto, expuesta al conflicto.

Seremos más ricos, pero más inseguros, porque hemos sido capaces de acabar con logros que creíamos firmes, en especial el Estado del Bienestar. Nada garantiza, pues, que los avances sociales que nos demos en el futuro vayan a permanecer para siempre. Todo lo sólido que construyamos puede devenir líquido.

Seremos más ricos, pero políticamente más pobres porque la izquierda desistió de ofrecer su modelo cuando más necesitábamos una alternativa a la tecnocracia, esa política impuesta por unos pocos, ofrecida como única solución posible y que resultó beneficiosa para los fondos que tenían dinero. Así que las diferencias entre uno y otro lado del arco parlamentario se reducen a todo lo que no es económico. O sea, a muy poca cosa.

Seremos más ricos, pero democráticamente más débiles porque a la política le va a costar recuperarse del descrédito que provocaron partidos sin capacidad autocrítica que tomaron instituciones a las que dejaron desprestigiarse. Efectos de la recesión democrática que los ciudadanos consintieron. La desafección provocará que emerjan los populismos a menos que haya una reacción política a tiempo.

Seremos más ricos, pero más indiferentes, porque esta crisis nos ha demostrado que lo que más prevalece entre nosotros es el interés individual, que nos vaya bien, que los gobiernos pueden recortar a su antojo sin que se les revuelva la calle, que sólo reaccionaremos ante un ataque directo a nuestras libertades individuales, que mientras podamos desahogarnos en twitter no habrá revolución y que estamos llevados por el presentismo, la tendencia a vivir hoy sin preocuparse de lo que ocurrirá mañana.

Seremos más ricos, pero menos solidarios. Otra cosa es que no dé por la caridad, que no es lo mismo. Que hay que ayudar a Filipinas e indignarse por las matanzas en Siria, pero no podemos levantarnos del sofá porque bastante tenemos nosotros con lo que tenemos.

Seremos más ricos, pero más injustos, porque las políticas que nos llevaron a la crisis han salido triunfantes, sin castigo, porque lo que ha ocurrido puede volver a ocurrir.

Seremos más ricos, pero más manipulables. Porque ha crecido nuestro espíritu crítico y con la crisis ha aumentado nuestro consumo de información (otra mercancía), pero faltan referentes culturales y, llevados en parte por los grandes medios de comunicación, tenderemos a la simplificación, a las etiquetas y a reducir el pensamiento a prejuicios.

Seremos más ricos, pero mediremos la vida con criterios económicos. No es que miremos el déficit en vez del paro, no es que atendamos a la prima de riesgo en vez de al índice de desigualdad y no es que nos preocupe la deuda en vez del abandono escolar. Es que organizaremos nuestro tiempo libre en función de criterios economicistas y distribuiremos la vida personal según la productividad y la competitividad.

Es verdad que la crisis ha descubierto nuestras potencialidades. Ha aparecido talento en las peores apreturas, se han constatado la capacidad de reinventarse y los beneficios de ser la generación más preparada de todas las que nos precedieron. Pero en cuanto las cosas vayan económicamente mejor corremos el riesgo de caer en la tentación y volver a poner la generación de riqueza como valor primordial. Presentismo. Y así, cuando seamos más ricos y tengamos a nuestra economía en lo alto y a punto para volver a caer, heredaremos una sociedad con más liquidez pero también más líquida, con más dinero pero también más pobre, más servil, menos culta y más pasiva. El daño que se ha hecho no se repara sólo con cinco puntos del PIB.

Categorías:La crisis

La tele que no supimos defender

5 noviembre, 2013 1 comentario

Soy valenciano. He trabajado en Barcelona y en Madrid. La pregunta que más veces he escuchado es por qué pasaba en Valencia lo que pasaba: las mayorías absolutas, la corrupción, la celebrada política de grandes acontecimientos, la corrupción, la escandalosa manipulación de la televisión pública, la corrupción. Nunca tuve tan clara la respuesta como la tendré ahora, al imaginar cómo reaccionará la sociedad ante el cierre de la televisión pública: no pasará nada. Habrá protestas, algunos alzarán la voz, pero ese torrente de indignación que algunos confundirán con gremialismo de periodistas se acabará disipando en la indiferencia. La sociedad valenciana tiene –tenemos– lo que no hemos sabido defender.

Lo de la manipulación no es un tópico. No conozco otros casos de sesgo y censura como los de la televisión y la radio públicas valencianas. Dicen que Telemadrid es peor. No es verdad. El sometimiento de RTVV a las consignas del poder superó límites indecentes que ahora, en la última etapa, sus responsables intentaron corregir.

Muchos prefieren atribuir toda la responsabilidad a los periodistas que durante años abandonaron su oficio para convertirse en altavoces de quienes les pagaban la nómina. La nómina, conviene tenerlo claro, porque es eso lo que te permite dar de comer a tus hijos y pagar la hipoteca. Pero seamos claros: ellos tienen parte de culpa. Y los que mandan tienen la mayor parte de la culpa: sacaron beneficio particular de lo que era un derecho, engordaron el canal y dejaron que llegara a 1.700 trabajadores (la televisión griega tenía 2.700 cuando cerró).

Pero, en la hora del cierre de Canal 9, digamos por un momento la verdad. Los valencianos no supimos defender un servicio público ni exigirle al poder que atendiera a su obligación con los ciudadanos.

La gente abandonó Canal 9. Se desplomó su audiencia. Pero dejar de verla era la respuesta cómoda, la del sofá. Otras sociedades no consintieron que tomaran algo que era suyo, sus canales de televisión, y les tomaran el pelo. Exigieron a los gobernantes una programación de calidad y que les tratara como gente inteligente. Los valencianos, no. Otros muchos tampoco. Pero los valencianos, en concreto, no.

El cierre de RTVV, además de la renuncia democrática que supone y de los miles de despidos, demuestra al final la concepción que el gobierno ha tenido desde el principio de la televisión autonómica: que era suya. Por eso se sienten con el derecho a cerrarla. Con el argumento falaz de que si la tele sigue tendrán que recortar en educación y sanidad. En educación y sanidad, créanme, ya han recortado. Y lo seguirán haciendo. Con la diferencia de que ahora no habrá una televisión cerca que pueda contarlo. Quejémonos ahora. Está muy bien. La indignación nos lleva. Pero llegamos muchos años tarde.

Categorías:La crisis, Periodismo

Mariano tenía razón: llovía

23 octubre, 2013 Deja un comentario

Es fácil meterse con el presidente del Gobierno, acusarle de ligereza e incluso de frivolidad. Pero la verdad más terca es que llovía, que amaneció nublado y fresco y luego se puso a llover con ganas y ya no hay goteras en el Congreso que le permitan saber al presidente cómo está el tiempo, por mucha mayoría absoluta que tenga. Por eso cuando corrió hacia el coche oficial él oyó que le preguntaban por Parot, pero le pudo más la sorpresa de toparse con el otoño precisamente ahora, cuando el relato oficial del gobierno habla con desparpajo de los brotes verdes. Por eso soltó con la inocencia de un chaval: “Está lloviendo mucho. Gracias”. Lo extraordinario de la frase no es el está lloviendo mucho, son las gracias.

Les diré algo: no era la primera vez que los periodistas le preguntaban por la sentencia de Estrasburgo esa mañana. Le abordamos en los pasillos, sin la incómoda presión de la lluvia, pero el presidente fue mucho más comedido. Una vez dijo: “Buenos días, muchas gracias”. Y otra, que yo le vi, dejó ir: “Por favor, por favor. Gracias”. Las gracias, verán, las da siempre. Ese último por favor llevaba un poco de me molestan ustedes con sus preguntas.

Lo fácil es meterse con Mariano Rajoy porque parezca que a veces no se da cuenta de que el presidente del Gobierno es él. Pero el hecho de que descubriera que Madrid es dado a la lluvia en esta época no debería tomarse como una burla. Supone algo más. Supone que el mismo día en que el ministro de Hacienda arengó ante el presidente y el resto de diputados que no hay recortes en Sanidad ni Educación (sic) y alentara una primavera económica sin mencionar siquiera el paro de los seis millones de personas, pudimos al menos constatar que el hombre que nos gobierna no ha perdido toda la conexión con la realidad. Aún es capaz de notar la lluvia. Porque, en efecto, llovía, y hay mucha gente que lleva ya tiempo a la intemperie.

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