¿Con qué autoridad, don Carlos?
Andábamos sin referentes. Sin líderes. Sin ideologías. Estamos sin trabajo, sin prestaciones y sin un duro. Nos quieren dejar sin dignidad, nos convirtieron a la fuerza en dueños de una banca arruinada y ahora, por si faltaba algo, nos hemos quedado sin autoridades. Sin nadie que pueda mirarnos a la cara sin que se le caiga de pura vergüenza.
¿Con qué autoridad podrá ahora un juez sentenciar contra quien malverse fondos si su jefe dispone del dinero público como le viene en gana? ¿No habíamos dicho que la justicia era igual para todos, Majestad?
¿Con qué autoridad podrá Carlos Dívar negarle a un cargo público que invite a cenas y noches de hotel a quien le apetezca si él puede hacerlo sin tener que dar ni una sola explicación? ¿Con qué autoridad se aprovecha del secreto de Estado para reírse de nosotros?
¿Con qué autoridad anotará un juez en una sentencia que el comportamiento de los ciudadanos debe ser ejemplar? ¿En base a qué justicia?
¿Con qué autoridad nos va a pedir el ministro Gallardón que nos ajustemos el cinturón si celebra la oscura forma en que el poder judicial administra nuestro dinero?
¿Con qué autoridad nos pedirá apoyo el principal partido de la oposición –que designó a Dívar– si tras una comparecencia bochornosa, en la que Dívar se ha presentado incluso como una víctima, no ha tenido el arrojo de pedir su dimisión?
¿Con qué autoridad nos van a mirar de frente los que se aferran al cargo por una vida en hoteles de lujo, escoltas y un coche oficial?
¿Con qué autoridad nos van a pedir que paguemos nuestros impuestos si los que hundieron las cajas se van a su casa envueltos en pensiones indignas? ¿Con qué autoridad puede la justicia encausar a esos directivos, si la sombra de la sospecha se alarga al propio gobierno de los jueces?
¿Con qué autoridad nos hablan?
¿Con qué autoridad podrían contener la indignación de los ciudadanos si un día la gente –que soporta un paro del 25%- se hartara de tanto asco?
¿Podemos hacer algo los periodistas?
Habría que crear un indignómetro. Un panel continuo en el que anotáramos cómo esta crisis sirve para que muchos –los de siempre– nos tomen el pelo a los demás. Es verdad que nos quejamos. La gente se molesta y se indigna, hierve de rabia porque los banqueros se lo lleven crudo y los políticos se lo permitan sin pedirles cuentas. El ciudadano, empobrecido con tanto recorte y tanta subida de impuestos, se enfada pero, al final, se olvida. ¿Cuánto nos dura la indignación? ¿Un día, una hora, lo que dura la tertulia en el bar? Luego se nos pasa. Nos resignamos. Y a otra cosa.
Así es como nos van colando los recortes y las desfachateces. Así es como se ríen en nuestra cara hasta llegar a extremos grotescos como el de ayer. Supimos en el mismo día que un directivo de una caja arruinada se había puesto una indemnización de 14 millones. Supimos que la justicia no actúa contra Bankia de oficio, sino que se lo tiene que pedir un ente como ¡Manos Limpias! Confirmamos que el PP no quiere que comparezca nadie en público para explicar lo de Bankia y que el PSOE no ve motivos para pedir una comisión de investigación. ¡El principal partido de la oposición! Por no hablar de Dívar, aún presidente del Supremo.
Los políticos maquillan las cifras del déficit: mintió el anterior gobierno y ha mentido el actual, que, además, ha incumplido por sistema sus promesas electorales. ¿De verdad alguien va a querer rescatar un país como éste? En el exterior, y no es broma, empiezan a tener más credibilidad los griegos que los españoles.
A veces parece que quieran poner a prueba la paz social, que no se den cuenta de que en este país hay más de cinco millones de parados, que una de cada cuatro personas quiere trabajar y no puede. Es una cifra inaguantable y sólo el ritmo de la economía sumergida puede explicar que un país con tal desempleo no haya caído ya. Sobre ese fuego (con paro, precariedad y emigrantes que buscan fuera trabajos dignos) van echando más leña que nos caliente: ahora nos han convertido en banqueros. Hay que poner el dinero que nos recortan para salvar un banco cuyos gestores vivirán a cuerpo de rey. Hay alguien interesado en tensar la cuerda, en poner a prueba a los ciudadanos para estudiar cuáles son los límites de este país que lleva su rabia contenida.
Juegan con fuego, porque además la sociedad anda sin referentes. Ya no hay ideología que valga. No hay partidos en los que la gente confíe y se identifique. No hay quien canalice a la masa, por llamarlo de algún modo, y la distancia entre el Congreso y la gente empieza a ser demasiado ancha. Atentos al avance del populismo. Tampoco hay referentes intelectuales que nos den luz: vivimos a golpe de twit y quedan pocos faros donde orientarse.
Puede que este sea el momento para que el periodismo –renqueante por la crisis y el eterno debate sobre qué quiere ser de mayor– encuentre ahora el sitio que anda buscando. Que ejerza de intelectual colectivo. Que le recuerde a la gente lo que la gente olvida: cuáles son sus derechos, cuáles son los motivos para estar en guardia y qué es lo que esta crisis nos está quitando.
A lo mejor es el momento para que los periodistas, tan cercanos a veces al poder, dejemos aquel lado y vayamos recuperando el nuestro, lo que siempre hemos llamado la calle. Que aprovechemos para situarnos de nuevo frente al poder, no sólo al político, sino frente al poder real que tienen los banqueros, los inversores y los mercados. Para que la gente no pierda la memoria y pueda, al menos, confiar en alguien. Puede que sí, que esta sea una oportunidad para que los periodistas recuperemos su crédito y su confianza. Y para que demos un poco de luz.
De bochorno en bochorno hasta la vergüenza final
Por resumir: ninguno de los gestores de Bankia asumirá nunca sus responsabilidades, las asumiremos todos los demás, a los que nos recortan 10.000 millones en Educación y Sanidad pero que vemos cómo 23.000 millones de dinero público irán a una caja a fondo perdido.
Promete Rajoy que no es dinero a fondo perdido, que lo devolverán. Puede que hagan falta decenios para que eso ocurra, que ninguno de nosotros vivamos lo suficiente como para verlo. Al principio los bancos requerían 7.000 millones. Luego fueron 15.000. Vamos ya por 23.000 sólo para Bankia y aquella frase de que el Gobierno invertirá “lo que haga falta” empieza a sonar a amenaza.
Pero las reglas son esas. Nadie las discute. A los que se quejaron al principio les recordaron que todo se debía a la herencia socialista. A quienes se quejaron después les llamaron antipatriotas. A quienes se siguen quejando ahora les llaman demagogos, como si cuestionar algo fuera desear el hundimiento del sistema.
En el poder judicial, hay más vocales que piden la dimisión de quien denunció a su presidente, Carlos Dívar, que los que piden la marcha de Dívar (que gastó dinero público en sus 20 viajes a Puerto Banús).
En el poder judicial, hay vocales que quieren espiar los correos de sus compañeros para que ninguno de sus colegas pase informes a la prensa. Eso es lo que le preocupa al estamento que reparte justicia en este país, que grita escocida cada vez que alguien le acusa de corporativista.
La nueva ley de transparencia alcanza a todos los niveles institucionales salvo a la Corona, a la que no se le puede preguntar en qué se gasta los dineros. Al igual que con el presidente del Supremo, los viajes que haga el Rey con el dinero de sus súbditos (hubo una época en que fueron ciudadanos) tienen que ser secretos porque no le importan a nadie.
Todo son promesas. Buenas intenciones. Y luego todo son mentiras. Sin nadie que dé la cara. Creíamos al principio que se escondían. Que se morían de la vergüenza. Que no daban la cara porque no se atrevían. Luego vimos que no: que si no sale nadie a hablarle a los ciudadanos es porque nadie tiene autoridad para hacerlo, porque los que mandan de verdad, los que apuestan en el mercado para que los países pierdan nunca darán la cara.
Esa es la parte de la historia que nos ha tocado vivir: la crisis de la clase media, la de los primos, que es en lo que nos han convertido mientras unos pocos (dicen que el 1% de la sociedad) cobra lo que no está escrito sin rendir cuentas ante nadie. ¿Quién va a querer intervenir un país así? ¿A quién podemos interesar?
Lo peor está por venir. Pasarán años y más bochornos y nuestros hijos habrán crecido. Mirarán entonces la herencia que les dejamos y nos preguntarán sin complejos: ¿Qué hicisteis para evitarlo? ¿Cómo pudisteis consentirlo? Esa será nuestra vergüenza final.
Ahora que soy banquero
En España hay más paro que en Botsuana. Y que en Egipto. Y que en Argelia. Por supuesto, hay más paro aquí que en cualquier otro país de la Unión Europea, pese a que otros están en una situación crítica que les llevó a ser rescatados. Incluso doblemente rescatados.
A nosotros nos fue de un pelo. El fantasma de la intervención se hizo tan real que, hace hoy dos años, el 10 de mayo de 2010, José Luis Rodríguez Zapatero se inmoló en el Congreso con un paquete de recortes que rompieron los lazos del PSOE con su base social histórica, ruptura que probablemente se prolongará durante mucho tiempo.
Desde que esta crisis empezó, los gobernantes no han dejado de pedir sacrificios y comprensión a los ciudadanos. Los gobernantes de la izquierda y los de la derecha. Pero, desde que empezó esta crisis, los que tienen el dinero, los que manejan los mercados, los que mandan, no han dejado de ganar.
Han ganado las agencias de calificación. Ganan las compañías aseguradoras. Ganan los que apuestan porque un país vaya a la quiebra. Ganan los que especulan en la bolsa y apuestan a la baja. Ganan los que compran deuda pública y trabajan para que un país tenga que pagar intereses más elevados por sus títulos. Ganan los bancos o, por lo menos, no salen perdiendo. En esta crisis que está arruinando al común, hay algunos que se lo están llevando crudo.
Desde que empezó la crisis, se ha recortado en sanidad y en educación. Se ha dejado temblando la ya pobre aplicación de la ley de Dependencia. Se ha dejado sin asistencia sanitaria a inmigrantes sin papeles. A personas. Suben los impuestos, sube la gasolina y, a menos que uno haya sido político o colocado por un político, se expone al elevadísimo riesgo de acabar engrosando las listas del paro. Facilitan el despido y nos hablan con eufemismos, como si no entendiéramos lo que nos dicen cuando nos están hablando.
Esta crisis la están pagando los más débiles. Las clases medias. Las cada vez más amplias clases bajas. Los que ya eran pobres y los nuevos pobres. No hay tasa Tobin. No llega. No hay restricciones a la especulación en la bolsa. No hay capitalismo “humano”. Esa es la gran vergüenza de la crisis.
Y ahora nos han convertido en banqueros. Los que alimentaron la burbuja inmobiliaria, los que destinaron millones a inversiones sin futuro. Los que se pusieron indemnizaciones millonarias. Los que llenaron los consejos de administración de políticos y amigos (y algún que otro sindicalista). Esos se irán a casa con sus buenos sueldos mientras al recibo de la luz, a la hipoteca, a las tasas universitarias y al IBI al IVA y al IRPF añadimos ahora las pérdidas que tienen bancos que han hecho nuestros. Contando el cuarto banco de este país, que es Bankia. Aquella entidad que nació siguiendo consignas políticas.
Pensé que si algún día me hacían banquero sentiría otra cosa. Un hormigueo en el estómago. Hasta ilusión. Banquero, mamá, hubiera podido decir. Y presentarme en casa trajeado. Ufano. No negaré que siento algo. Ahora que soy banquero, no me quito de encima las ganas de vomitar.
En este país
En este país a los estudiantes que se mueven se les identifica como delincuentes. Si son de izquierdas, peor. Y un jefe policial mantiene su cargo aunque les llame enemigos.
En este país algunos lanzan su bilis en primera página y lo llaman periodismo.
En este país los banqueros se llevan indemnizaciones millonarias pese a que sus bancos, al borde del hundimiento, necesiten dinero público.
En este país los consejos de administración de las cajas están llenos de políticos a los que alguien debía un favor.
En este país un ejecutivo puede llevar a un banco hasta el caos sin que tenga que asumir ninguna responsabilidad.
En este país ese ejecutivo puede ponerse un sueldo vitalicio. Lo han hecho siempre, pero les hemos pillado ahora.
En este país el Banco de España ni regula ni supervisa. Y si lo hace, nadie se fía.
En este país se nos quiere hacer creer que un banco que apenas puede sostenerse será capaz de devolver créditos con dinero público al 8% de interés.
En este país, los que se manifiestan son unos sediciosos y antipatriotas, ignorantes además de la grave situación en la que estamos.
En este país el presidente del Tribunal Supremo puede ser denunciado por malversación sin salir a dar la cara ante los ciudadanos.
En este país los miembros del poder judicial pueden gastar dinero sin rendir cuentas ante los ciudadanos.
En este país el Rey puede hacer lo que le dé la gana. Lo que le dé la gana incluye irse a Botswana a cazar elefantes.
En este país los corruptos van a la cárcel. Pero algunos se libran. Y a otros los libra el Gobierno con indultos que nadie entiende.
En este país se anuncia una subida del IVA sin mencionar la palabra IVA pero la Iglesia sigue sin pagar el IBI.
En este país –las cosas como son– hay gente de la Iglesia que hace una labor social imprescindible para suplir los vacíos que deja el Estado. Lo hacen también muchas ONG.
En este país hace más falta que nunca que la gente tome conciencia de que son ciudadanos con responsabilidades. Pero la gente se aleja sin remedio de la política.
En este país el gobierno incumple sus promesas y la oposición se dedica a hacer vídeos. Se han quedado sin relato.
En este país, ganarte una beca parece que sea un privilegio.
En este país nos dicen que los recortes en derechos sociales son necesarios para cuadrar las cuentas.
En este país nos hablan con eufemismos.
En este país, dimitir es de cobardes.
En este país nos toman por tontos.
En otros países han probado ya los efectos de polarizar la sociedad, de alejarse de los ciudadanos y dictar austeridad sin controlar los excesos.
En esos países no ha hecho más que crecer el populismo. Y ahora, se han vuelto ingobernables.
Lo llaman incertidumbre por no llamarlo miedo a la democracia
A François Hollande le llamaban Flamby (una marca de flanes) para caricaturizarle como el aspirante sin pulso ni brío. Ahora ese flan, ese hombre sin agallas como le llegaron a definir los propios socialistas y que exhibe como principal virtud el hecho de ser un hombre normal, se ha convertido en el presidente que promete plantarle cara a los mercados. Puede que más que mérito suyo sea demérito de Sarkozy, el megalómano al que los franceses no perdonaron su entrega a la canciller de hierro. Pero el caso es que Hollande ejerce ya como la esperanza política del futuro, cargo que desempeñó antes Barack Obama para dilapidarlo luego en poco tiempo.
La gente corriente (los que sufrimos los recortes, vaya) hemos pasado de ser ciudadanos a ser tomados por tontos. A los griegos les intervinieron y echaron al presidente que quiso preguntarles algo en un referéndum. No se ven ya diferencias entre la izquierda y la derecha porque todos hacen “lo que hay que hacer”, ponen a tecnócratas al frente como si ser tecnócrata no significara tener una ideología muy determinada y soportamos silentes como se burlan de nosotros cuando incumplen por sistema aquello que nos prometieron. Por eso Hollande es una esperanza: porque en medio del hastío general ha mostrado un camino alternativo al que nos habían impuesto y contra el que sólo se rebelaban los traidores y los desleales. Falta, eso sí, que tenga el coraje de cumplir con lo que dijo. De estar a la altura.
Pese a todo, los hay que ya están temiendo la hora en que abra la bolsa. Que esperan la crueldad de las agencias de calificación. Hay periodistas que mientras los franceses entregaban a Hollande la mayoría corrían a escribir la palabra incertidumbre en sus titulares. Seguro que hay grandes consultores que se están ocupando ya de buscar argumentos para esparcir el miedo. Ya se sabe: el miedo paraliza.
Es contra ese miedo contra el que se han rebelado los franceses, unos de los pocos ciudadanos que han podido decidir por ellos mismos lo que querían que ocurriese en su país (privilegio cada vez menos dado en la mismísma Europa). Cuando dicen incertidumbre (por la victoria socialista), quieren decir que ellos querían que ganara la derecha. Cuando escriben que habrá que ver cómo reaccionan los que tienen el dinero, quieren decir que a los que tienen el dinero les molesta que les pongan límites. Cuando no tienen más recursos que recurrir al ayayay, lo que están desvelando es que les da miedo la democracia.
De tanto mirar a la prima de riesgo, se nos había olvidado que sigue existiendo la política. Que las urnas te pueden quitar lo que un día te dieron. Que cuadrar las cuentas importa, pero importa más aún escoger el camino por el que se distribuirán los sacrificios. Y que la incertidumbre no llega ahora, sino que existía ya para millones de ciudadanos que sufren en la miseria una crisis de la que parecen librarse esos que siguen poniendo las normas y a los que convenimos en llamar mercados.
Mejor primos que ciudadanos
Hace unos años, Daniel Innerarity escribió un ensayo que tituló La sociedad invisible. Su tesis es que, a los que mandan, no les ponemos nombre y apellidos. “Los poderes que de verdad nos determinan son cada vez más invisibles, menos identificables”, anotó. Hemos pasado, sin embargo, a otro estadio. Ahora sabemos quienes son los que mandan (los inversores) y quienes ejecutan sus decisiones (los gobiernos). Y sabemos también quiénes son los invisibles: nosotros.
En poco más de cien días, el Gobierno ha cambiado este país. Pero el presidente nunca ha comparecido tras un Consejo de Ministros para explicar sus medidas. De muchas de ellas nos hemos enterado por medias frases que deja ir en sus ruedas de prensa en el extranjero. Otras nos llegan por filtraciones de madrugada (¿recuerdan cómo anunciaron el copago para medicamentos?). No es que se lo expliquen a medias al ciudadano. Es que no se lo explican.
Lo de ayer rompió todas las barreras. A última hora de la tarde se hicieron públicos el plan de estabilidad y el plan de reformas que España envía a Bruselas. Dos textos de cien y doscientas páginas escritas en lenguaje administrativo. Confusas. Y durante las horas siguientes parecimos vivir en una espiral de ocurrencias que, por supuesto, nadie iba a explicarnos.
De pronto salía un urgente en un digital: oye, que los funcionarios no cobrarán todo su sueldo si están de baja. Un compañero en la redacción gritaba: y mirad este párrafo, aquí pone que cambian el criterio para dar las becas. Salía entonces un teletipo: se agruparán los municipios para ahorrar tantos millones.
Había medidas por todas partes, algunas nuevas, otras ya anunciadas, y tenías la sensación de presenciar un mercadeo de anuncios hechos a la desesperada de los que nadie tenía ni idea. La cosa se prolongó hasta la medianoche. De hecho, cuando llegaron las portadas de los periódicos aún traían novedades: habrá que pagar por usar las autopistas. Todo lo que no han querido decirle a la cara a los ciudadanos, te lo encontrabas en medio de aquel bochorno sin poder digerirlo apenas.
Esta es la forma de comunicar del Gobierno, que secundan algunas comunidades. Ayer mismo, los empleados del Hospital Joan March de Mallorca se enteraron por los periódicos del cierre de su lugar de trabajo. De los ciudadanos se espera que se refugien en sus casas, que no enfermen, que se empobrezcan tan ricamente, que celebren la pérdida de calidad de la enseñanza, que viajen, que no consuman, que no ahorren y, por encima de todo, que no protesten. Ya lo dice la prensa conservadora, esa que pidiendo la paz social no deja de agitar bajas pasiones: divide claramente entre patriotas (los buenos, los que callan) y agitadores.
El gobierno ha decidido ignorar a los ciudadanos. Bombardearle a medidas que le confundan e incumplir sistemáticamente sus compromisos. Si alguna vez fuimos ciudadanos, ahora pasamos por primos. Hagan lo que quieran con nuestros derechos y, además, no hace falta que nos digan nada. En eso puede que nos hayamos convertido, en los primos de todas estas políticas. Y mientras, la oposición haciendo vídeos.
Dicen que los recortes se deben a la herencia, que no hay alternativa. Por eso deben de estar sopesando que no haya debate de la nación, porque no hay debate posible. Ya se sabe que las razones son siempre económicas, aunque, a veces, a alguien se le escape la verdad de las cosas. Le ocurrió ayer a Antonio Basagoiti. Puesto a justificar por qué en este país se dejará sin asistencia sanitaria a los inmigrantes sin papeles, recurrió a un principio ideológico claro: “Primero, los de casa”. Pues eso. Conviene no desviarse.
